La culpabilidad de los inocentes / Román Revueltas Retes

El sufrimiento de los inocentes nos resulta tan incomprensible que los humanos necesitamos endosarles una responsabilidad en su propia desgracia. Dicho de otra manera, las víctimas tienen que ser oscuramente culpables de algo para merecer los terribles sufrimientos que afrontan.

Uno pensaría que Haití, entre los pueblos del mundo, es el que menos debiera padecer catástrofes: bastante tiene ya esa pobre gente con su miseria. Pues no. Justamente por ser tan pobres y por vivir ya en el desamparo, los haitianos sufren mucho más las consecuencias de los fenómenos naturales: sus casas no están bien construidas, sus autoridades son corruptas e ineptas, sus hospitales no pueden atender a la población ni siquiera en circunstancias normales, etcétera. Y así, un terremoto en Puerto Príncipe no es lo mismo que uno, digamos, en Ciudad de México (por más que los hospitales y las escuelas que construyó aquí papá Gobierno fueran las primeras edificaciones en derrumbarse en 1985). Hay que reconocer que las normas para la construcción son mucho más estrictas en México que en muchos otros países donde tiembla, entre ellos, Turquía y, desde luego, Haití. Vemos así que las tragedias son parcialmente evitables y que todo es un asunto de reglamentos, de recursos y, sobre todo, de legalidad porque no hay garantía mayor para la integridad de una nación que la prevalencia de un auténtico Estado de derecho.

En fin, las imágenes de la hecatombe haitiana son absolutamente devastadoras para el corazón y nos hacen plantearnos esa pregunta, tan inquietante, sobre las ciegas arremetidas del destino. Cierto evangelista de Estados Unidos (de América) —alguno de esos Sunday preachers de la televisión que tanto abundan allá— dio cuenta de su escandalosa imbecilidad al bramar que el pueblo de Haití se había ganado a pulso su desgracia, una especie de castigo divino enteramente apropiado, por practicar el vudú, una creencia que le viene a ellos de sus raíces africanas y que, por lo visto, no te garantiza las reconfortantes seguridades que te brinda el cristianismo. Al contrario, te endilga la ira de Dios.

Ese cretino portavoz autonombrado de un Altísimo que se olvidó de inocularle las mínimas dosis de compasión exhibe, en toda su dimensión, el referido mecanismo de culpabilización que utilizamos ante el sinsentido del dolor injusto. Es una más de las muchas manifestaciones del cuento del pecado original, es decir, la historia de una acusación primigenia que serviría para justificar los castigos más tremendos. Ahora bien, según otras interpretaciones (o sea, creencias), la falta pudo haber sido también cometida en vidas pasadas. Y así, el bebé que muere aplastado ya llevaba sobre los hombros el peso de un karma o algo así. Finalmente, en el caso de que a la víctima no se le pueda realmente comprobar infracción alguna, entonces nos queda, a todos, el consuelo de que tiene acceso directo al Paraíso. Estamos hablando, pues, de un sistema de compensaciones y equilibrios muy sabiamente dispuesto para que el horror de lo injusto no nos quiebre el alma y que la cabeza no se nos llene de perturbadoras incertidumbres. Requerimos, para funcionar, de inmutables certezas y explicaciones. De otra manera, no podríamos ni salir a la calle.

Es entendible, entonces, la acusación de Pat Robertson —el cristiano fundamentalista que culpa a los haitianos de su propio infortunio por no adorar al dios oficial— y hay que interpretar, de la misma forma, la primera declaración de Felipe Calderón, por más desafortunada que haya podido ser, sobre los chavales que fueron masacrados en Ciudad Juárez. En ambos casos, a pesar de la distancia que existe entre la muestra de estulticia del primero y la mera respuesta a una situación de desinformación que pudo haber tenido el segundo (eso de los “pandilleros” sería, en todo caso, la responsabilidad directa de su equipo de comunicación), estamos comprobando la abrumadora realidad de nuestra indefensión y, en consecuencia, la irresistible tentación de atribuir causas —y motivos— a todo aquello que, como manifestación suprema de la injusticia, nos resulta inaceptable.

Una pequeña observación, sin embargo, que se deriva del segundo párrafo de este artículo: la fatalidad no siempre es forzosa. Quiero decir, si un edificio está bien construido entonces no se derrumba en un terremoto y sus moradores no mueren. De la misma manera, no habría razón alguna para que en un país civilizado y moderno debiera ocurrir una masacre como la de Ciudad Juárez. Después de todo, en México tenemos leyes, policías, jueces y Ejército. ¿O no?

Los designios de Dios son incomprensibles. Pero, frente a esta realidad, el simple cumplimiento de sus deberes por parte de un Gobierno puede cambiar muchísimo las cosas. Los inocentes pueden así seguir siendo inocentes. En Haití y en México.

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